miércoles, 12 de noviembre de 2014

LAS ENCINAS: poema de Antonio Machado

Las encinas 


Poema de:
Antonio Machado

¡Encinares castellanos
en laderas y altozanos,
serrijones y colinas
llenos de oscura maleza
encinas, pardas encinas;
humildad y fortaleza!
Mientras que llenándonos va,
el hacha de calvijares,
¿nadie contaros sabrá,
 encinares?
El roble es la guerra, el roble
dice el valor y el coraje,
rabia inmoble
en su torcido ramaje;
y es más rudo
 que la encina, más nervudo,
más altivo y más señor.
El alto roble parece
que recalca y ennudece
su robustez como atleta
que, erguido, afinca en el suelo,
El pino es el mar y el cielo
y la montaña: el planeta.
La palmera es el desierto,
el sol y la lejanía:
la sed; una fuente fría
soñada en el campo yerto.
Las hayas son la leyenda.
Alguien, en las viejas hayas
leía una historia horrenda
de crímenes y batallas.
¿Quién a visto sin temblar
un hayedo en un pinar?
Los chopos son la ribera,
liras de la primavera,
cerca del agua que fluye,
pasa y huye, 
viva o lenta, 
que se emboca turbulenta
o en remanso se dilata.
En su eterno escalofrío
copian del agua del río
las vivas ondas de plata.
De los parques las olmedas
son las buenas arboledas,
que nos han visto jugar
cuando eran nuestros cabellos rubios
y con nieves en ellos,
 no han a ver meditar.
Tiene el manzano el olor 
de su poma,
el eucalipto el aroma, 
de sus hojas, de su flor
el naranjo la fragancia;
y es del huerto
la elegancia
el ciprés oscuro y yerto.
¿Que tienes tú, negra encina,
campesina,
con tus ramas sin color,
en el campo sin verdor;
con tu tronco ceniciento
sin esbeltez ni altiveza, 
con tu vigor sin tormento,
y tu humildad que es firmeza?
En tu copa ancha y redonda
nada brilla,
ni tu verdeoscura fronda
ni tu flor verdeamerilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero 
nada fiero
que aderece tu talante.
Brotas derecha o torcida
con esa humildad que cede
solo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.
El campo mismo se hizo
árbol en ti, parda encina.
Ya bajo el sol que calcina,
ya contra el hielo invernizo,
el bochorno y la borrasca,
el agosto y el enero,
los copos de la nevasca,
los hilos del aguacero,
siempre firme, siempre igual,
impasible, casta y buena,
¡Oh tú, robusta y serena,
eterna encina y rural
de los negros encinares
de la raya aragonesa
y las crestas militares
de la tierra pamplonesa;
encinas de Extremadura,
de Castilla, que hizo a España,
encinas de la llanura,
del cerro y de la montaña;
encinas del alto llano
que el joven Duero rodea,
y del Tajo que serpea
por el suelo toledano;
encinas de junto al mar?
en Santander?
encinar que pones tu nota arisca,
como un castellano ceño,
en Córdoba la morisca,
y tu? encinar madrileño,
bajo Guadarrama frío,
tan hermoso, tan sombrío,
con tu adustez castellana
corrigiendo,
la vanidad y el atuendo
y la hetiquez cortesana! ...
Ya sé, encinas
campesinas,
que os pintaron, con lebreles
elegantes y corceles,
los más egregios pinceles,
y os cantaron los poetas
augustales,
que os asordan escopetas
de cazadores reales;
más sois el campo y el lar
y la sombra tutelar
de los buenos aldeanos
que visten parda estameña,
y que cortan vuestra leña
con sus manos.

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