jueves, 13 de noviembre de 2014

MISTRAL, MACHADO Y GARCÍA LORCA.

                                   POEMAS A LA ENCINA
                    Mistral, Machado y García Lorca

GABRIELA MISTRAL

Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, poetisa, pedagoga, diplomática y feminista, n. Vicuña, Chile el 7 de abril de 1889 - m. el 10 de enero de 1957 en Nueva York, U. S., Premio Nobel de Literatura 1945.
Vivió en España donde fue cónsul de su país.    
   
                          LA ENCINA                                              
Esta alma de mujer, viril y delicada,
dulce en la gravedad, severa en el amor,
es una encina espléndida de sombra perfumada,
por cuyos brazos rudos trepara un mirto en flor.
    Pasta de nardos suaves, pasta de robles fuertes,
le amasaron la carne rosa del corazón,
y aunque es altiva y recia, si miras bien adviertes
un temblor en sus hojas que es temblor de emoción.
    Dos millares de alondras el gorjeo aprendieron
en ella, y hacia todos los vientos se esparcieron
para poblar los cielos de gloria. ¡Noble encina,
    déjame que te bese en el tronco llagado,
que con la diestra en alto, tu macizo sagrado
largamente bendiga, como hechura divina!

II
    El peso de los nidos ¡fuerte! no te ha agobiado.
Nunca la dulce carga pensaste sacudir.
No ha agitado tu fronda sensible otro cuidado
que el ser ancha y espesa para saber cubrir.
    La vida (un viento) pasa por tu vasto follaje
como un encantamiento, sin violencia, sin voz;
la vida tumultuosa golpea en tu cordaje
con el sereno ritmo que es el ritmo de Dios.
    De tanto albergar nido, de tanto albergar canto,
de tanto hacer tu seno aromosa tibieza,
de tanto dar servicio, y tanto dar amor,
    todo tu leño heroico se ha vuelto, encina, santo.
Se te ha hecho en la fronda inmortal la belleza,
¡y pasará el otoño sin tocar tu verdor!

III
    ¡Encina, noble encina, yo te digo mi canto!                  
Que nunca de tu tronco mane amargor de llanto,
que delante de ti prosterne el leñador
de la maldad humana, sus hachas; y que cuando
el rayo de Dios hiérate, para ti se haga blando
y ancho como tu seno, el seno del Señor!



 ANTONIO  MACHADO RUIZ, España 1879 - 1939


LAS ENCINAS - 1° parte.
Encinares ¡castellanos 
en laderas y altozanos, 
serrijones y colinas 
llenos de oscura maleza, 
encinas, pardas encinas; 
humildad y fortaleza! 
Mientras que llenándoos va 
el hacha de calvijares, 
¿nadie cantaros sabrá, 
encinares? 
El roble es la guerra, el roble 
dice el valor y el coraje, 
rabia inmoble 
en su torcido ramaje; 
y es más rudo 
que la encina, más nervudo, 
más altivo y más señor.                                                      
El alto roble parece                                                                 
que recalca y ennudece 
su robustez como atleta 
que, erguido, afinca en el suelo.             

                    
El pino es el mar y el cielo 
y la montaña: el planeta. 
La palmera es el desierto, 
el sol y la lejanía:                                                     
la sed; una fuente fría 
soñada en el campo yerto. 
Las hayas son la leyenda. 
Alguien, en las viejas hayas, 
leía una historia horrenda 
de crímenes y batallas. 
¿Quién ha visto sin temblar 
un hayedo en un pinar? 
Los chopos son la ribera, 
liras de la primavera, 
cerca del agua que fluye, 
pasa y huye, 
viva o lenta, 
que se emboca turbulenta 
o en remanso se dilata. 
En su eterno escalofrío 
copian del agua del río 
las vivas ondas de plata.


LAS ENCINAS - 2° parte         

Brotas derecha o torcida
con esa humildad que cede
sólo ante la ley de la vida,
que es vivir como se puede.
El campo mismo se hizo
árbol en ti parda encina,                            
ya bajo el sol que calcina,
ya contra el hielo invernizo,
el bochorno y la borrasca
el agosto y el enero,
los copos de la nevasca,
los hilos del aguacero,
siempre firme, siempre igual,                
impasible, casta y buena,
¡oh tú, robusta y serena,
eterna encina rural!



FEDERICO GARCÍA LORCA, España 1898 - 1936.

ENCINA

Bajo tu basta sombra ENCINAS vieja,
quiero sondar la fuente de mi vida,
y sacar de los fangos de mi sombra,
las esmeraldas líricas.

Hecho mis redes sobre el agua turbia
y las saco vacías,
¡Más abajo del cieno tenebroso
están mis pedrerías!

¡Hunde en mi pecho tus ramajes santos!
¡Oh solitaria ENCINA,
y deja en mi sub-alma
tus secretos y tu pasión tranquila!



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