martes, 30 de diciembre de 2014

Miguel de Unamuno



 
Don Miguel de Unamuno: Mar de Encinas


Nació el 29 de setiembre en Bilbao, España el 1864 y murió el 31 de diciembre de 1936 en Salamanca, España, escritor poeta y filosofo.
Unamuno el gran escritor vasco vivió rodeado de encinas desde su infancia, fue un enamorado de la encina y le canta en prosa y en verso el carácter sagrado y sus peculiaridades; en 1906 escribió "El mar de encinas", donde sincretiza a la encina con Castilla y su historia, para Unamuno la encina es un emblema de Castilla, también la menciona en "Presagio"(Castellanas) y en "La encina y el sauce", 1910.


Miguel de Unamuno


Mar de encinas

En este mar de encinas castellano,
los siglos resbalaron con sosiego, 
lejos de las tormentas de la historia, 
lejos del sueño 
que a otras tierras la vida sacudiera; 
sobre este mar de encinas tiende el cielo 
su paz engendradora de reposo, 
su paz sin tedio. 

Sobre este mar que guarda en sus entrañas 
de toda traición el manadero 
esperan una voz de hondo conjuro 
largos silencios.


Cuando desuella el estío la llanura, 
cuando la pela el riguroso invierno, 
brinda al azul el piélago de encinas     
su verde viejo.

Como los días, van sus recias hojas 
rodando una tras otra al pudridero,
y siempre verde el mar, de lo divino 
no es espejo.

Su perenne verdura es la de la infancia 
de nuestra tierra, vieja ya, recuerdo, 
de aquella edad en que esperando al hombre 
Es su calma manantial 
de esperanza eterna, eterno. 

Cuando aún no nació el hombre ella verdecía 
mirando al cielo 
y le acompaña su verdura grave 
tal vez hasta dejarle en el lindero 
en que roto ya el viejo, 
nazca al día un hombre nuevo.

Es su verdura flor de las entrañas 
de esta rocosa tierra, todo hueso; 
en flor de piedra su verdor perenne 
pardo y austero.

Es, todo corazón, la noble encina 
floración secular del noble suelo que, 
todo corazón de firme roca, 
brotó el fuego 
de las entrañas de la madre tierra. 

Lustrales aguas le han lavado el pecho 
que hacia el desnudo cielo alza desnudo 
en verde vello.

Y no palpita, aguarda en un respiro 
de la bóveda toda el fuerte beso, 
a que el cielo y la tierra se confundan 
en lazo eterno.

Aguarda el día del supremo abrazo 
con un respiro poderoso y quieto 
mientras, pasando, mensajeras nubes 
templan su anhelo.

En este mar de encinas castellano 
vestido de su pardo verde viejo 
que no ceja, del pueblo a que cobija, 
místico espejo.


Cancionero Inedito

Encinas de verdor perenne y prieto,
que guardáis el secreto,
de la madurez eterna de Castilla, 
podada maravilla de sosiego copudo,
encinas silenciosas, de corazón nerviado,
más llega la modorra,
encinas matriarcales,
que esta tierra de encinas pétreas,
lo piedra suele tomar ternuras de madera.




La encina y el sauce

La innoble encina al cielo innoble alza su copa,
la copa prieta, que ni cierzo fiero riza,
mientras el sauce llorón, en el agua huidiza
la cabellera tiende hundiéndola en el río.

Van sus hojas de otoño del río en la ronda,
hacía el mar, en que el río vencido, agoniza.
y al llegar dle invierno los cielos ceniza,
monta su manojo de varas sin fronda.

Deme Dios el vigor de la encina selvática,
que huracanes respira en su copa robusta,
y del alma en el centro, una rama fanática,
con verdor de negrura perenne y adusta,
que no quiero del sauce la fronda simpática,
que a las aguas, que pasan doblega su fusta.

Milenarias encinas castellanas,
a que riegan ramas del Duero y del Tajo,        
que Dios bendiga vuestro canto,
quijotesco canto, que me ha sido dado,
oir, mientras miraba el oleaje dorado,
de la mies a espera de la hoz segadora.

Las sosegadas encinas, flor de la roca,
de los campos que ciñen a esta ciudad,
gloriosa Salamanca,
Encina plateresca y arenosa también.

Las graves y recogidas encinas, del prado,
aquellas encinas sosegadas, recogidas y castas,
que ocultan poderosas su verde y recatada flor,
en estas dehesas salmantinas,
me he detenido tantas veces a contemplar,
estas matriarcales encinas.

El corazón melodioso de Don Quijote,
era como el corazón de la encinas manchega,
y su flor como la candela.
No puedo representarme a Don Quijote,
sino al pIe de una encina.

Cruzar campos por entre matriarcales, 
encinas castellanas, matriarcales, 
velazqueñas y quijotescas,
¡la encinas! símbolo,
emblema secular,
del alma de esta tierra.

El hombre encina, 
da en primavera su flor, su candela, 
que se esconde en el follaje prieto,
y da en el otoño bellotas.

Y cuando, el hombre encina,
se rinde a tierra, aun con su leña,
se calientan muchos en el invierno.

Y hay más, y es que tiene
su corazón melodioso,
como la encina lo tiene,
pues del llamado corazón de encina
de aquel duro y de corazón cogollo,
hacen los pastores dulzainas y chirimías.

Que así la encina sombra,
leña para calentarse
y corazón de tañir tonadas.

Junto a la laguna del Cristo

Noche blanca en que el agua cristalina
duerme queda en su lecho de laguna
sobre la cual redonda llena luna
que ejército de estrellas encamina
vela, y se espeja una redonda encina
en el espejo sin rizada alguna,
noche blanca en que el agua hace de cuna
de la más alta y más honda doctrina.





Todo pasa

La tierra roja, el cielo añil, culmina
el sol desnudo en el zenit y asesta
sus dardos; es la hora de la siesta;
se empardece el verdor de la colina.

A la redonda sombra de la encina
inmoble y negra, inmoble se recuesta
el negro toro, y una charca apresta
su espejo inmoble de agua mortecina.

No hay comentarios:

Publicar un comentario